Ha sabido convertirse en una líder que aspira a encabezar un amplio movimiento que va más allá de las divisiones partidista. Su reto es evitar tanto caer en el mesianismo que la rodea como vengarse del chavismo.
El gran desafío que tiene por delante María Corina Machado, tras su regreso a Venezuela, es tener la inteligencia de saber gestionar las innumerables expectativas que despierta entre sus seguidores. Su reto es navegar, sin naufragar, entre Escila (el régimen del rodrigato) y Caribdis (Donald Trump). Los intereses de EEUU no siempre han coincidido con los suyos y Washington, hasta ahora, ha preferido apostar por un gobierno débil, tutelado desde la Casa Blanca, como sucede con el de Delcy Rodríguez. El reto de Machado es administrar su inmenso capital político con sagacidad: eludir la tentación de caer en el mesianismo que la rodea y evitar la venganza con respecto a un chavismo que ha implantado una dictadura pero que, guste o no, cuenta con el apoyo de en torno al 30% del país. La prueba para Machado va a estar situada en no dejarse tentar por la idea de hacer tabla rasa con la Venezuela del último cuarto de siglo. Demostrar, por el contrario, que es una estadista con una misión histórica: reconstruir la democracia que el país perdió en 1999. Y hacerlo con generosidad, altura de miras y grandeza… e, inevitablemente, tragando con algunas ruedas de molino en aras a construir gobernabilidad y convivencia.
Machado encarna un fenómeno político casi sin comparación: su liderazgo y capacidad de arrastre solo son equiparables, aunque suene contraintuitivo, con los que tuvo Hugo Chávez, su contracara. Ese enorme capital político es una realidad: obtuvo el 90% del apoyo en las internas opositoras de 2023 y transfirió ese caudal a Edmundo González Urrutia cuando el régimen le impidió participar en las presidenciales. Su candidato, con un nivel de conocimiento popular muy reducido, ganó con el 70% gracias a que era «el hombre de Corina». Un resultado que el gobierno de Nicolás Maduro no reconoció. Un último fraude del chavismo, verdadero canto del cisne de un régimen que vivía sus últimos meses. Ahora, su regreso sorpresivo ha llenado las calles demostrando que, pese al paso del tiempo y cierto desgaste, es la mayor líder que tiene el país. Las imágenes lo atestiguan: una caravana recorrió más de 360 kilómetros desde Barquisimeto hasta Caracas, atravesando Yaracuy, Carabobo y Aragua. Y una multitud recibió a la Premio Nobel en Caracas con las calles de la capital desbordadas.
Este inmenso liderazgo es su mayor fortaleza, pero también entraña riesgos. El primero es el de la mitificación del personaje. La cultura política venezolana, históricamente, tiende a mitificar a sus líderes: de Simón Bolívar a Chávez pasando por Antonio Guzmán Balnco o Ezequiel Zamora. En esa línea, muy inteligentemente el primer destino de Machado fue Barquisimeto, donde, rodeada de una marea humana, acudió a la iglesia de Santa Rosa, para agradecer a la Divina Pastora su vuelta al país. Machado coquetea con la mitificación de su figura y ser vista como la madre de los venezolanos. Esa visita a la Divina Pastora -un símbolo de unidad y consenso nacional- emite un mensaje y alimenta esa imagen que marida creencias políticas y religiosas. El mesianismo que la rodea se hizo evidente cuando en Caracas, sus seguidores se abalanzaron sobre el vehículo en el que se trasladaba para tocarla, verla o entregarle rosarios. La tentación mitificadora es un riesgo para todo liderazgo: puede, en caso de no saber gestionarla, degenerar en una rápida frustración de expectativas entre sus seguidores. La contracara es convertir esa mitificación en el pilar sobre el que erigir un liderazgo mesiánico.
El segundo peligro para el liderazgo de Machado es el del revanchismo. Toda transición es un complejo camino en el que hay que saber ser flexible, renunciar a actitudes maximalistas y poseer capacidad pedagógica. Sobre todo, hacia los propios, para que no renieguen de lo pactado con enemigos existenciales que pasan a ser solo rivales. Históricamente, Machado no encarnó esas virtudes. Otras la adornaban. Su valentía frente a un régimen crecientemente autoritario, su arrojo cuando el chavismo desembocó en una dictadura represiva y su frentismo ante quienes hegemonizaban el poder. Ya en esta década ha sabido convertirse en una líder que aspira a encabezar un amplio movimiento que va más allá de las divisiones partidistas. No es posible saber cuánto hay de realidad o de estrategia en esa nueva actitud alejada de los tiempos en la que los grises no existían.
Los que la rodean, sin embargo, siguen embarcados en estériles peleas, mucho más duras, a veces, con respecto a otros opositores más dialogantes con la dictadura como Henrique Capriles. Con ellos también es necesario entenderse y no ningunearlos y despreciarlos, como han hecho hasta el momento los partidarios de Machado. En el actual escenario, la clave para María Corina es «contribuir activamente» a que progrese este proceso de negociación entre la oposición liderada por Dinorah Figuera y el gobierno. En realidad, poco espacio más le queda porque esa es la estrategia avalada por EE.UU. Y ella ha podido regresar porque Washington ha dado el visto bueno. Machado sabe que, más pronto que tarde, habrá elecciones: es inevitable para dar salida a una situación que está entrampada y que no ofrece seguridad jurídica a las inversiones. De todas formas, su sola llegada a Venezuela va a dar mayor velocidad a una negociación que ha tenido éxitos indudables (la renovación del Tribunal Supremo de Justicia) pero que camina con una lentitud que solo beneficia al régimen de los Rodríguez.
Es lógico que ella desee que las elecciones tengan lugar de forma inmediata. Machado es, con el 68%, la figura política que más votos obtendría en unas elecciones presidenciales, según el resultado del último sondeo de Poder & Estrategia. Delcy Rodríguez tiene apenas el 14%. Pero en una transición es clave respetar los tiempos y no acelerarlos o saltarse pasos. El riesgo es que descarrille el proceso.
Por eso, la prudencia va a signar sus próximos pasos para ir dando forma a ese movimiento de masas que la sigue y que, a no mucho tardar, tendrá nombre propio: el machadismo. Un movimiento que debe construir una alternativa creíble e inclusiva acogiendo en su seno a todos los sectores opositores olvidando viejas rencillas y querellas que sin duda persisten. Un movimiento que, sin renunciar a una justicia transicional reparadora, tenga la capacidad para construir un marco de convivencia en la que aquellos que siguen viendo la presidencia de Chávez como una época dorada de justicia social no queden al margen, excluidos y resentidos.
La reconstrucción político-institucional y económico-social de Venezuela es una tarea titánica en un país arrasado y convertido en un erial. María Corina Machado está a esa altura y da la talla. Ahora le toca decidir cómo quiere pasar a la historia: como la Nelson Mandela de Venezuela o como un liderazgo caudillista más de la historia latinoamericana.
Rogelio Núñez Castellano