Uno de los efectos más relevantes de la crisis económica global de 2008 ha sido una corrección masiva del mercado hasta llegar a una situación en que las siete principales empresas vinculadas con la inteligencia artificial representan ahora un tercio de la capitalización bursátil del índice S&P500 y la fortuna de Elon Musk supera el PIB de 172 países duplicando su patrimonio el PIB de Suráfrica, el país en que nació. Este escenario definido como tecnofeudalismo fue suscitado por la gran revolución digital exponencial y ha dado también paso al concepto desarrollado por Aris Komporozos-Athanasiou, en su libro Comunidades especulativas de homo speculans. Para el profesor de sociología en el University College de Londres la crisis financiera marcó el paso del homo economicus, —un individuo racional que calcula costes y beneficios—, a un sujeto más imaginativo, que, ante un futuro incierto, lo único que le queda es especular, algo que deja de ser una excepción. “Cuanta mayor es la incertidumbre que percibimos, más tendemos a especular”, afirma.
En este contexto se ha configurado un sistema informativo fragmentado donde ya no queda una autoridad común que establezca normas o ejerza presión social. El gobierno, en lugar de controlar la situación, se ha convertido en el cajero. A la vez, cuestiones que fueron fundamentales durante las décadas precedentes como la definición del espacio público y el papel jugado por la deliberación cobran triste relevancia. Tres asuntos que tuvieron un lugar central en el pensamiento de Jürgen Habermas que falleció con 96 años hace seis meses marcando el fin de la época de los grandes filósofos que definieron el devenir del pensamiento mundial a partir de la segunda guerra mundial antes de la irrupción de la revolución digital exponencial y de la entrada en una nueva era de posdemocracia marcada por el citado tecnofeudalismo. Allí la política es pura gestión y solo eso.
El legado de la escuela de Fráncfort y de su maestro Theodor W. Adorno le sirvió a Habermas para comenzar a estructurar su pensamiento interpretativo de una realidad en la que paulatinamente tres ejes se impusieron. La interrelación entre lo público, la comunicación y la deliberación constituyeron los pilares intelectuales que impulsaron su teoría de la acción comunicativa que tanta fama académica le dio con el descubrimiento del mundo de la intersubjetividad.
Su afán fue desarrollar un concepto de razón dirigido al entendimiento mutuo, que es base de toda convivencia, mediante procesos comunicativos libres de distorsiones, pero a la vez capaces de desvelar las estrategias de ocultación y engaño por parte de los intereses del poder, algo que con la llegada del siglo se fue diluyendo dramáticamente hasta el presente. Hoy, la digitalización, las redes sociales, las plataformas y las nuevas formas de capitalismo bloquean cualquier atisbo de una opinión pública que pudiera alinearse con los principios de una democracia cada vez más fatigada. Como se ha dicho recientemente en este medio en palabras de Habermas, lo que ocurre es la “colonización del mundo de la vida”, es decir, la sustitución de la deliberación política por criterios instrumentales de eficiencia. Todo ello sirvió para que el filósofo en los últimos años de su vida se viera invadido de una dramática sensación de desengaño y de descorazonamiento.
Sin embargo, posiblemente uno de sus postreros escritos de opinión aleje todo lo dicho de su mayor inquietud postrera que terminó constituyendo su inmemorial esperanza, y principal proyecto, para lograr una paz duradera que era la Unión Europea. En su último artículo publicado en El País el 30 de noviembre de 2025, que puede ser considerado su epitafio, sostuvo que “al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable”. La conciencia de lo acontecido a lo largo de su vida en la República Federal de Alemania no dejaba de estar ausente en este filósofo humanista. De hecho, la experiencia vital hacía mella en su espíritu.
Según narra Adela Cortina, Habermas y Marcuse se preguntaban cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero este último no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital. “¿Ves?”, le dijo “Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”. Una compasión que Habermas no siempre había sentido en sus carnes pues su aspecto peculiar y su forma de hablar aún más extraña tras su segunda operación de paladar hendido, a los cinco años, le granjearon el acoso escolar y el ostracismo. Durante el resto de su vida, cuando se emocionaba de verdad, tartamudeaba e intentaba evitar las apariciones públicas, sobre todo en la televisión, siempre que podía.
Para Habermas la salud de la democracia era su principal preocupación y la comunicación era la clave de todo. Su visión de una sociedad ideal era aquella en la que, en lugar de precipitarse a la lucha entre sí, la ciudadanía se reuniría en una «esfera pública» para abordar las prioridades y resolver sus diferencias. Dicha esfera no estaría controlada por el Estado ni por ninguna otra institución. Las personas serían autónomas, libres para expresar sus propias ideas. Solo la razón las guiaría al analizar los argumentos de los demás, preguntándose «¿Por qué dices eso?» o «¿Por qué harías eso?». En ese contexto, el tecnofeudalismo imperante hoy arruina todo atisbo de progreso en la dirección que el filósofo alemán propugnaba.
Manuel Alcántara Sáez
Instituciones y actores políticos