El 23 de marzo, en el Museo del Canal Interoceánico de Panamá, Susan Stokes, politóloga estadounidense de la Universidad de Chicago y presidenta de la Asociación Estadounidense de Ciencia Política, dio una conferencia brillante, inspirada de su último libro The Backsliders. Why Leaders Undermine Their Own Democracies (que podríamos traducir como “Los desdemocratizadores. ¿Por qué los líderes socavan sus propias democracias?”), publicado en la editorial universitaria de Princeton. Mientras sale el libro en español, previsto para septiembre de este año, destaquemos los dos argumentos principales del mismo, y lo que nos debería interpelar para Panamá.
En un contexto de erosión democrática global, Stokes busca analizar sus causas y las estrategias utilizadas por los lideres autocráticos para controlar la opinión pública y ampliar sus propios poderes. En efecto, los intentos de golpes militares son cada vez menos frecuente desde los años 1970, mientras que el peligro viene de procesos más silenciosos y paulatinos, en fuerte aumento en los últimos 25 años. Así, cada vez más países, habiendo elegido líderes a través de elecciones justas y libres, ven un debilitamiento de la rendición de cuentas horizontal y vertical de sus autoridades. Esto ocurre a través del ataque a la prensa, a la justicia, socavando la confianza en las elecciones o directamente manipulándolas. Otras estrategias incluyen impedir el correcto funcionamiento de la oposición y del poder legislativo, la politización de la administración pública, el debilitamiento de entidades estatales y de organizaciones de la sociedad civil.
Un hallazgo fundamental presentado por Stokes en el evento organizado por el Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales concierne las causas de dicha erosión democrática. Según la politóloga, basándose en rigurosas comparaciones internacionales, la desigualdad económica es un factor clave, que aumenta la probabilidad de la erosión democrática, no así el PIB per cápita. Es decir, un país próspero, pero con mucha diferencia entre ricos y pobres tiene más probabilidad de conocer un retroceso democrático que un país de renta media más igualitario.
Efectivamente, la desigualdad promueve la desconfianza en las instituciones e impacta los valores de las élites económicas, algo que ya hemos observado en las encuestas del CIEPS. Cuando esta élite tiene un estilo de vida y un poder adquisitivo que tiende a aislarlos del resto de la sociedad, comienza a dejar de ver a sus conciudadanos como sus iguales. Además de este impacto en la confianza y los valores, la desigualdad genera polarización partidaria. En Panamá, esta polarización es escasa a nivel de partidos políticos, pero se expresa hasta cierto punto contra otros actores sociales.
En palabras de Stoke, este tipo de contextos lleva a lo que llama el trash-talking democracy, una expresión directamente inspirada del deporte. Así, a la manera de los jugadores de baloncesto o de boxeadores, algunos líderes erosionan la democracia insultando, burlándose e intimidando a la oposición o a las instituciones encargadas de controlar a estos mismos líderes. Al actuar de esta manera, estos insultos legitiman ante la opinión pública ataques más directos contra el Estado de derecho y la separación de poderes.
Panamá tiene el triste récord de pertenecer a los diez países más desiguales del mundo. En este sentido, la conferencia de Susan Stokes debería sonar como una advertencia. En esta decena de países, todos han vivido importantes retrocesos en los últimos años. Fue el caso de Suráfrica bajo la presidencia de Jacob Zuma (2009-2018), y más cerca de nosotros de Brasil bajo la presidencia de Bolsonaro hasta la tentativa de golpe de Estado de 2023 y de Colombia con la permanencia de la violencia política. Las lecciones para Panamá son varias. Los esfuerzos para mejorar la calidad de nuestra democracia no pueden enfocarse únicamente en capacitaciones a nuestros servidores públicos y en procesos judiciales para combatir la corrupción. Tenemos que conversar sobre las enormes brechas que permanecen en el país. Ya identificamos en el CIEPS que el apoyo a la democracia disminuye a medida que las personas no tienen acceso a bienes y servicios básicos. Constatamos además en todas las capas de la sociedad, incluyendo en la élite política y económica del país, cierta fascinación por líderes iliberales de la región.
Panamá tiene una historia de casi tres décadas de consolidación democrática. Permanecen sin embargo importantes deficiencias en ésta. Así, el Índice Democrático de 2024 del Economist Intelligence Unit califica el país de Democracia Imperfecta, muy por detrás de países de la región como Uruguay o Costa Rica. El Estado Global de la Democracia, a su vez, publicado por IDEA en 2025, muestra que el país tiene un sistema de representación relativamente satisfactorio, pero un desempeño mucho más regular en cuanto a respeto de los derechos. Estos hallazgos nos deberían llevar a pensar e implementar políticas públicas ambiciosas de lucha contra las desigualdades si queremos proteger la joven democracia panameña.
*Inicialmente publicado en La estrella de Panamá.

Politóloga especialista en relaciones entre religión y política. Doctoranda en Ciencia Política en la Universidad Libre de Bruselas. Miembro del Sistema Nacional de Investigación y de la Red de Politólogas. Autora de varios capítulos de libros sobre actores religiosos-políticos en Panamá.
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