Las palabras de la presidenta del Tribunal Supremo de Elecciones de Costa Rica, Eugenia Zamora, el pasado 1 de febrero al anunciar los resultados preliminares de la elección presidencial, fueron una combinación de denuncia y advertencia. Habló de una campaña electoral llena de agravios, discursos de odio y narrativas falsas, y advirtió que algunos actores de la política costarricense están jugando con “cosas que no tienen repuesto”. Recordó que la democracia no se sostiene sólo con el acto de votar y que nadie debe ser mancillado. ¿De qué estaba hablando la magistrada Zamora? ¿Cómo Costa Rica, la joya de la corona de las democracias latinoamericanas, llegó a esto?
Costa Rica es el único país de América Central que durante el siglo pasado consiguió construir un pequeño Estado de bienestar basado en el acceso universal a la salud, una educación pública de alta calidad y una población con altos estándares cívicos. La excepcionalidad costarricense también descansaba sobre una competencia partidista estable, con partidos bastante bien definidos ideológicamente, una administración pública profesional y un organismo electoral técnicamente solvente y políticamente neutral.
Precisamente, en el libro El populismo en América Central: la pieza que falta para comprender un fenómeno global, María José Cascante y Juan Manuel Portillo apuntan a los cambios en el sistema de partidos costarricense como una de las causas de que desde el año 2010 se hayan instalado en Costa Rica discursos maniqueos. Esto ha sucedido no sólo debido al talante de algunos aspirantes a dirigente, sino también porque los partidos históricos empezaron a alejarse cada vez más de sus idearios, hicieron costumbre sus actos de corrupción y, por lo tanto, traicionaron las lealtades de sus bases sociales.
El resultado ha sido que los costarricenses hoy no viven mejor que hace cuarenta años, todos lo saben bien y lo resienten. A manera de ejemplo, Costa Rica ha llegado recientemente a tener tasas de homicidios tan altas como Guatemala. Políticamente, este deterioro de la calidad de vida ha necesitado ser explicado a la población y sobre todo necesita soluciones. Y es precisamente en estas coyunturas que se abre la posibilidad de que la “salida” a esta situación sea populista. En lugar de buscar soluciones democráticas a través de mejores políticas públicas, han sido buscados enemigos y la propuesta de solución básica ha sido eliminarlos políticamente para volver a ser “el país más feliz del mundo”.
El populismo no se trata de soluciones fáciles, como algunos aseguran, sino de dividir el campo político postulando una relación antagónica entre el pueblo —a los que a veces se les puede llamar también ciudadanos— y un establishment que no responde a los intereses soberanos de ese pueblo. Bajo esa lógica, la solución de los problemas pasa por eliminar del campo político al antagonista, aunque el precio sea vulnerar las instituciones democráticas.
En el artículo ‘Democratización y neopatrimonialismo: ¿hay una ola populista en Centroamérica?’, que escribí junto a María Esperanza Casullo, producto de nuestras investigaciones, damos cuenta de cómo el entonces candidato Chaves propuso a los costarricenses acabar con “los ticos con corona” y “los mismos de siempre” para volver a ser “el país más feliz del mundo”. De allí surge la primera lección: las democracias deben dar resultados porque ninguna está exenta de la aparición de liderazgos y lógicas populistas.
Esos “mismos de siempre” no solamente son los políticos, sino que han incluido a las universidades y funcionarios en general, otrora base y orgullo de la democracia costarricense, que han sido atacados y estigmatizados. La idea de fondo es reducir el Estado costarricense para hacerlo más eficiente. De todo esto se desprende la segunda lección: la derecha latinoamericana ha aprendido conscientemente a ser populista, aunque a veces continúe vistiendo traje y corbata.
En cuanto a soluciones concretas, el presidente Chaves no consiguió mucho, pero sí logró convencer a la mayoría de los costarricenses de que los responsables por su mala gestión fueron “los mismos de siempre”. Ese ha sido su gran éxito, así ha queda comprobado con la decisión que tomaron los costarricenses de elegir presidenta en primera vuelta a su delfín Laura Fernández y darle mayoría absoluta en la Asamblea Nacional. Y aquí la tercera lección: los populismos son convincentes y saben gana relecciones.
¿Qué podemos esperar del gobierno de Fernández? La nueva presidenta tiene un mandato claro: concretar la agenda de reformas que no realizó Chaves. Este proyecto reformador Fernández lo ha llamado “la tercera república”, dando un regusto a Andrés Manuel López Obrador en México. Independientemente del signo ideológico de lo que se haga, hay que reconocer que la sociedad costarricense está convencida de que debe reformarse y que el camino de esas reformas ha sido elegido democráticamente.
Fernández no es Chaves, por lo que queda ser optimista y desear que su gestión de gobierno respete las formas republicanas y cívicas que caracterizaron a los costarricenses.
*Inicialmente publicado en La Prensa, de Panamá.

Doctor en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Es autor de los libros “El vencedor no aparece en la papeleta” (2018) y “Partidos políticos y elecciones en Panamá: un enfoque institucionalista” (2007) y editor y coautor del libro “Las reformas electorales en Panamá: claves de desarrollo humano para la toma de decisiones” (2010). Ha sido profesor de análisis político en el Programa de Alta Gerencia y en el Executive MBA INCAE. Miembro del Concejo Asesor del Observatorio de Reformas Políticas en América Latina de la UNAM y la OEA y del Concejo Asesor del Informe Estado de la Región con sede en Costa Rica. Ha sido hasta el momento el único panameño miembro de la Junta Directiva de la Asociación Latinoamericana de Ciencias Políticas (ALACIP), periodo 2010-2014. Electo director mediante concurso internacional por la junta directiva del CIEPS el 6 de marzo del 2018, inició funciones el 17 de septiembre del mismo año.
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