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Ella Marsden, Pasante del CIEPS
Las relaciones históricas entre mi país (EE. UU.) y Panamá me sitúan en un lugar ambivalente dentro de la sociedad panameña. Provengo de un país que, en algunos momentos y para algunas personas es considerado aliado, pero en otros momentos y para otras personas es un país invasor y amenazante. Esa dualidad se hace evidente en mis interacciones cotidianas, en la calle o en el transporte público, basta con decir que soy de Estados Unidos para activar reacciones opuestas. Un día converso con alguien que expresa admiración por la cultura estadounidense y su deseo de conocer al país; al día siguiente, un conductor de taxi me recuerda, con tono severo, los horrores de la invasión estadounidense en Panamá.
Sin embargo, aunque estas experiencias han sido constantes durante mi tiempo en Panamá, mi identidad como mujer estadounidense, blanca y rubia ha generado otro tipo de vivencias. De hecho, podría afirmar que el aspecto más determinante de mi experiencia en Panamá ha sido mi condición de mujer. En particular, la exposición casi diaria al acoso sexual callejero.
En los meses que llevo aquí he recibido comentarios de contenido sexual – en español y en inglés- por parte de hombres de distintas edades, tanto en la calle como en el transporte público. En ocasiones, estos comentarios no solo son vulgares, sino también explícitos e incluso amenazantes. En momentos así, ¿qué puedo hacer más que apurarme y asegurarme que no me está siguiendo?
El acoso callejero no ocurre únicamente de manera individual. También se da en grupos de hombres, donde tiende a intensificarse. Siento que se trata de algún tipo de competencia entre ellos: a ver quién dice el comentario más atrevido o quien consigue incomodar más a la chica. Lo que comienza con un “qué belleza” puede escalar rápidamente a expresiones mucho más invasivas y agresivas.
La antropóloga feminista Rita Segato define este fenómeno como el “mandato de la masculinidad”: una presión social entre hombres que les empuja a demostrar su virilidad, especialmente frente a otros hombres, a “espectaculiazarla” ante sus pares. Este mandato de masculinidad contribuye a crear sociedades donde la mayoría de las mujeres han experimentado algún tipo de acoso callejero, particularmente de carácter sexual.
Los datos confirman esto. Una encuesta realizada sobre el tema en el país reveló que el 93.7% de las mujeres encuestadas había experimentado al menos una forma de acoso callejero [1]. Esto genera en las mujeres un constante sentimiento de inseguridad, limitando su capacidad de transitar y disfrutar libremente de los espacios públicos.
En ocasiones me siento más segura al salir acompañada de amigas que al hacerlo sola. Sin embargo, con ellas, el acoso no desaparece; por el contrario, puede intensificarse, especialmente si ellas también tienen apariencia extranjera. ¡El récord fue cinco comentarios sexuales durante una salida de diez minutos! A cada comentario todo lo que pudimos hacer fue apurarnos y asegurarnos que no nos seguían.
La teoría feminista indica que el acoso sexual no es un halago o un gesto inocente; es una manifestación de poder, muy ligada a las desigualdades de género. Nombrarlo como “piropo” solo invisibiliza la violencia que implica.
Admito poder y privilegio por varias identidades que me definen y condicionan mis experiencias y oportunidades. Sin embargo, también reconozco que hay una realidad de la que no voy a escapar siendo mujer, y es que siempre necesitaré mirar sobre mi hombro mientras camino de vuelta a mi casa, y siempre necesitaré tener en mente un plan de escape en caso de que uno de estos hombres decida usar más que solo sus palabras para mostrarme cómo se siente. Porque el temor que me surge es que las palabras algún día dejen de ser solo eso.
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[1] Araúz-Reyes, N. M., & Stanziola, J. (2025). Violencia normalizada: género y acoso sexual callejero en Panamá. Revista de Estudios Sociales (92), 93-111.
Dedicado a producir conocimiento para la formulación de políticas públicas y la toma de decisiones en los sectores público y privado en Panamá.
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